Alergia a la lactosa
Alergia a la lactosa

Alergia a la lactosa


Este relato fue escrito hace algunos años y ha sido modificado para mejorarlo. Espero que lo disfrutes tanto como yo rememorándolo.


Dejé las llaves sobre la mesita de la entrada. Descalcé mis pies, sintiendo el fresco suelo de parqué. Colé mis manos por la parte de atrás de la camiseta, subí por la espalda, me desabroché el sujetador y di libertad mis mellizas. Saqué ese invento del demonio por la manga y, como buena mujer limpia y ordenada, lo abandoné sobre la mesa del salón. Senté mi culo en el sofá, rodé la taza del desayuno que había dejado por la mañana sobre la mesita de centro y puse los pies encima. Soy el orgullo de mi madre” dije en voz alta con sorna mientras reía.

Si fuese como ella, hubiese ido directamente a la lavadora y pondría la colada a secar o; tal vez, hubiese hecho la cena según entrase por la puerta; como si a ella le gustase hacer todo eso. Me saqué el tanga de entre las nalgas y acomodé el culo de nuevo.

Suena el timbre.

Descalza y con las tetas saltando al ritmo de mis pasos voy hasta la puerta, verifico mis sospechas por la mirilla y efectivamente ahí estaba caliente, muy caliente y esperando a que le abriese la puerta para invitarle a entrar en mi cama. Llamé justo antes de salir del trabajo y no tenía ninguna esperanza de que llegase en algo más de media hora. Según abrí, me llegó su olor inconfundible. Ese aroma a queso fundido tan característico solo lo tenían las pizzas de michelangelo; por algo eran las mejores pizzas del barrio.

El repartidor, un yogurín para mí; estaba buenísimo y ningún médico me había diagnosticado intolerancia a la lactosa. Tenía cuerpo y si saboreaba seguro que encontraría acidez por alguna parte.

-¿Cuánto es?- Pregunté poniendo cara de zorrón.

–Dieciséis con cincuenta- Respondió mientras clavaba su mirada en mis pezones erizados.

–Aquí tienes veinte, quédate con el cambio.- Contesté mientras me colocaba un poco la camiseta, mostrando un poco de hombro.

-No puedo Señora, no nos dejan aceptar propina- Respondió el yogurín.

-¿Señora?- Respondí mientras el ceño se fruncía solo.- Déjate de formalismos. La próxima vez que me llames señora salen tu y la pizza escalaras abajo. Espero que haya quedado lo suficientemente claro- Dije entre risas mientras cerraba la puerta lentamente.


Mi madre no me dejaba comer en la cama, ni ver la tele mientras cenaba. Eran la normas de «su» casa aunque; a día de hoy, seguía siendo del banco. Para mí aquello no era una lista de reglas a cumplir sino una especie de régimen dictatorial donde la gran líder era doña Pilar.

Ahí estaba yo en tanga sobre el catre, viendo la tele y comiendo pizza. Cogí hilillos de queso con el índice y los chupé mientras me acordaba del yogurín. Creo que hasta puse cara de vicio.

«Hace tanto que no chupo algo» – Dije en voz alta hablando sola, como buena loca del coño que soy.

Aparté la pizza a un lado y deslicé una de mis manos por el bajo vientre, metiéndola entre el tanga de Bob Esponja y mi coño. Me abrí paso entre los labios y busqué el clítoris con suma tranquilidad. Empecé dándome mucho cariño, intentando que la zona se activase poco a poco; con dulzura, tratando de incrementar la exitación muy lentamente; con suavidad. En mi mente se mezclaban vivencias pasadas con deseos presentes y el repartidor estaba entre mis fantasías. No hacía sino recordar como me miraba las tetas hacía escasos minutos. Mis braguitas se humedecían y mis pezones miraban hacia el frente, erguidos, erectos, duros. Subí presión y velocidad a la vez que aumentaba mi ritmo cardíaco. Toda mi intimidad se inflamó, el clítoris dobló su tamaño y mi sexo se inundó completamente. Por mi boca salían gemidos y mis ojos se cerraban. Era notable que el momento se acercaba; mi cuerpo se arqueó, se me erizó todo el vello corporal y los espasmos se hicieron visibles. Llené mi casa de gemidos mientras mi sexo latía con fuerza, como si algo más le faltase.

Miré a mi derecha, vi la pizza sobre la cama, recordé mi NO alergia a la lactosa y volví a acordarme del yogurín. ¿Será que pido otra pizza? Pensé jocosamente.

Lo cierto de toda esta historia es que jamás le pregunté a mi madre si podía masturbarme mientras pensaba en el repartidor que me había traído la pizza que estaba cenando mientras veía la televisión en mi cama.

Supongo que eso también, estaría prohibido.

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