A veces hacemos cosas que se saltan nuestros principios.

Nos traicionamos.

Traicionamos nuestra propia confianza haciendo las cosas mal y siendo conscientes de ello; con premeditación y alevosía.

Pero puede que a veces, solo a veces, esa sea la única forma de que las cosas salgan como queremos.

Llega el egoísmo a tu vida y solo piensas en ti , en tus intereses y en tu culo.

Piensas.

Piensas mucho.

Tu mente no para de dar vueltas.

Hay personas que sufren por tu irresponsabilidad, por ceder a tus propios caprichos.

Cometer un acto que está socialmente mal visto, te pone en el punto de mira.

Pero nadie piensa en ti.

A veces ni tu mismo piensas en ti sino que te paras a pensar en no hacerle daño a los demás.

Entras en un absurdo circulo vicioso y entras en conflicto contigo mismo, con tus principios.

¿Qué hay de ti? ¿Qué hay de lo basura que te sientes por dentro? ¿Qué hay de lo mal que huele ahora tu esencia?

¿Que hay de ese olor a mierda que desprendes?

Cuando te traicionas y sabes con antelación que vas a hacerle daño a alguien conscientemente y que ahora mismo solo la utilizas, te sientes una basura de ser humano. Te sientes escoria. Te sientes un hijo de la gran puta.

Hueles a mierda. Pero no a cualquier mierda.

Hueles a mierda pero de esa que impregna con su tufo todo un planeta.

Puedes hablar con un amigo, explicarle lo que pasa, lo que sientes y darle las razones que consideres de por qué estás en ese punto de tu vida. Él no tiene esas putas gafas de mierda que tienes tú. Esas que distorsionan la realidad. Las mismas que filtran todo lo que no quieres saber de ti mismo, lo que has enterrado en lo más hondo de tu ser.

Te dirá que das asco, que no puedes jugar así con la gente, que no puedes engañar a alguien que te ha dado todo lo que tenía a su alcance para hacerte feliz.

Soy consciente de lo que soy, no hace falta que vengan con clases de moralidad a decirme que lo que hago está mal; ya lo sé. Estoy contándote mis miserias como ser humano no para que me apoyes sino para que me escuches.

Solo para que me escuches.

¿Has pensado que puedo sentirme mal por ser una persona con un espíritu tan sucio en este momento? ¿Con este olor a mierda que emana mi ser?


«Quiero equivocarme» dije.

«Quiero reventarme de cara contra la pared» afirmé.

«Déjenme equivocarme» manifesté.

Fui una hija de la gran puta por haber pensado en mí. Única y exclusivamente en mí.

Cobarde, egoísta y quejica, eso fui.

Prometo no volver a traicionarnos.

Porque no te traicioné a ti, nos traicioné a los dos.

Jugué contigo porque pensaba en otro ser.

Jugué contra mí sin darme cuenta que iba a perder mi propia partida.

Jugué apostando todo a Yo cuando debí hacerlo a Nosotros.

Porque cuando eres un equipo no puedes pensar solo en ti. En los equipos se deben apoyar unos a otros.

Aunque muestres todo el arrepentimiento posible y tu equipo te incluya de nuevo en su vida como si no hubiese pasado nada; sigues oliendo a mierda.

Hueles a mierda porque no te has perdonado a ti mismo y solo dejarás de percibir ese incomodó hedor cuando lo hagas.

Pérdonate.

De alguna manera, te lo mereces.

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